Trump convierte la ia en arma de seducción frente a china

El martes, mientras el Pentágono cuestiona a Anthropic en los tribunales, el Hotel Fairmont de San Francisco se llena de uniformes de gala y chaquetas sin corbata. Allí, Jamie Dimon, Shyam Sankar y Brad Lightcap desfilarán por el Hill and Valley Forum, un escenario que ya no es solo Silicon Valley: es la Casa Blanca en versión startup.

Una cumbre que huele a campaña y a silicona

El evento, ideado en 2023 para frenar a Beijing, ha mutado en un ring donde los líderes tech exhiben lealtad al nuevo inquilino de Washington. Trump no pide demos; exige votos disfrazados de inversión. La consigna suena a disco rayado: “Cadena de suministro nacional primero, impuestos después”. Lo que nadie cuenta es que la factura la pagarán los consumidores cuando la luz se dispare para alimentar los nuevos data centers.

El timing es de guion: justo hoy, Anthropic alega que el Departamento de Defensa la ha etiquetado como riesgo sin prueba fehaciente. Si pierde, los generativos del país pasarán a ser hospedados en Europa o, peor, en Shenzhen. El miedo es real: perder la hegemonía en modelos de lenguaje equivaldría a regalar el ADN de la próxima guerra cibernética.

Wall street ya no cree en el cuento del eterno crecimiento

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Detrás del telón, los inversores frotan sus calculadoras. El capex récord de Microsoft y Google —54 000 millones de dólares en GPU en lo que va de año— empieza a parecer un agujero sin fondo. El rendimiento por dólar entrenado cae; los clientes corporativos piden descuentos; y los hedge funds se preguntan si el hype se disipará antes de que se amortice un solo NVIDIA H100.

La administración responde con un cheat sheet legislativo: federalice la normativa, proteja a los menores, regale permisos exprés para plantas de energía. El truco es viejo: desregula hoy, capta cheques mañana. Pero hay un detalle que no aparece en el comunicado: los compromisos de autoabastecimiento energético firmados la semana pasada en la Oval no incluyen fecha límite. Traducción: pueden seguir colgados de la red convencional mientras prometen parques solares que nadie ha empezado a construir.

Silicon valley se arrodilla, pero cobra

Silicon valley se arrodilla, pero cobra

Cenas en la Casa Blanca, selfies con el presidente, asientos preferentes en el Marine One. El Valle, históricamente rebelde, ya no pide privacidad ni visas H-1B ilimitadas; pide estabilidad fiscal y acceso temprano a contratos del Departamento de Energía. Christian Garrett, el anfitrión del foro, lo resume con una sonrisa de oreja a oreja: “El eco de los motores de inferencia se escucha en los pasillos del Capitolio”. Traducción: el dinero fluye donde late el poder.

La ironía es brutal. Hace dos años, estos mismos CEOs firmaban manifiestos contra la desinformación generada por sus propios modelos. Ahora entrenan algoritmos para detectar drones iraníes y facturan licencias duales: una versión civil para TikTok y otra, blindada, para Reaper. La doble moral se vende por suscripción anual.

¿El resultado? Un ecosistema donde la innovación ya no se mide en publicaciones de NeurIPS sino en millones de dólares en lobbying. La próxima gran LLM no nacerá en un garaje, sino en un despacho de K Street con vistas al Támesis. Y mientras, el consumidor medio recibirá otro aumento en la factura de la luz para que el Pentágono siga soñando con pilotos que nunca sudan.

Trump lo ha entendido antes que nadie: quien controle la GPU, controlará el voto. El Hill and Valley Forum no es un simposio; es la campaña electoral más cara jamás codificada.