Dinamarca vota hoy: frederiksen busca blindar groenlandia frente a trump
Copenhague amaneció con las banderas enrolladas y los ojos puestos en el Ártico. A las 8:00 hora local, las urnas abrieron para unas elecciones que no se tratan solo de escaños: se trata de decidir si Dinamarca se vende o se planta. Mette Frederiksen, la socialdemócrata que convirtió la crisis con Trump en un trampolín electoral, parte como favorita para un tercer mandato que empieza bajo la sombra de una Casa Blanca que sigue queriendo Groenlandia.
La campaña ha sido una rareza política. En los mítines no se habló de pensiones ni de sanidad: se habló de submarinos, de rutas marítimas y de minerales de tierras raras. «Tenemos un país que proteger», reza el cartel que aún cuelga en la estación central. Los daneses lo han interiorizado: la seguridad nacional desplazó al empleo como principal preocupación por primera vez desde 2001, según el último barómetro de YouGov.

Frederiksen ha blindado su imagen de líder de hierro
La premier de 48 años convocó elecciones anticipadas en enero, horas después de que Trump volviera a lanzar su derecho de compra sobre Groenlandia. La jugada fue maestra: su aprobación pasó del 32 % al 47 % en seis semanas. El secreto no fue el patriotismo fácil, sino una operación de relaciones públicas orquestada desde el Palacio de Christiansborg: filtrar que Dinamarca ya negocia con Washington un acuerdo marco para la base de Thule, pero sin ceder soberanía. El mensaje: «Hablamos, pero no cedemos». El efecto: un frente interno que antes la criticaba por la línea dura migratoria ahora aplaude su gestión de la crisis.
El partido socialdemócrata ronda el 29 %, diez puntos por encima de su rival más cercano, los liberales de Venstre. Pero la aritmética del Folketing es cruel: con doce formaciones en liza, Frederiksen necesitará 90 escaños para gobernar sin externalizar su programa. Su actual socio, el Partido Moderado de Lars Løkke Rasmussen, se hunde al 7 % y ya no le sirve como válvula. La clave podría estar en los cuatro escaños reservados para Groenlandia y las Islas Feroe, donde el Partido Inuit Ataqatigiit lidera y exige que Copenhague frene cualquier conversación que huela a traición.
En Nuuk, la capital groenlandesa, los candidatos daneses son recibidos con pancartas que piden «no más colonia». La isla controla el 25 % de las reservas mundiales de tierras raras, minerales que China ya procesa en cantidad. Washington lo sabe. Beijing también. Y Frederiksen lo ha convertido en su arma: «No vamos a ser el patio trasero de nadie», proclamó en el último debate, mientras prometía un plan de independencia energética europea que pasa por un gasoducto noruego y parques eólicos en el Mar del Norte.
Las mesas cerrarán a las 20:00 y los sondeos a pie de urna podrían dar un ganador antes de que el último votante cuelgue el sobre. Pero la verdadera batalla empezará mañana, cuando el nuevo Ejecutivo deba decidir si abre o no la puerta a una renegociación del Tratado de Thule, vigente desde 1951. Trump ya advirtió que «hablará con quien sea necesario». Frederiksen ya respondió que «Groenlandia no está en venta». Entre ambos discursos, 4,3 millones de daneses han entendido que su vecino del sur ya no es un aliado, sino un comprador insaciable.
El resultado, cualquiera que sea, sellará el mapa del Ártico para las próximas tres décadas. Y Dinamarca, que hasta ayer parecía un país pequeño, despertará mañana como la guardiana de la última frontera que nadie quiere ceder.
